Sólo una palabra para arruinarle el día: Domingo. Los odiaba, eran días deprimentes. En los que reinaba un ambiente de melancolía, tristeza e incluso añoranza. No había ganas de poner los pies en el suelo y levantar la cabeza de su almohada, esa que la poseía y tenía el poder de retenerla un poco más en su cama. Lo único apetecible era estar tumbada en el sofá de terciopelo amarillo, acompañada de los cojines verdes con esos volantes tan cómodos. Poner la televisión, escoger una película, y pasarse las 24 horas de ese domingo así, sin hacer nada. Ya todo lo demás lo haría mañana, pero es que los domingos, los domingos no servían para nada. Aunque si se despertara con él a su lado, si se tumbara en el sofá con él abrazándola, si compartieran esa película intercambiando besos, entonces ya no sería un domingo más. Sería el mejor domingo de todos. Entonces querría que fuera domingos todos los días.
¿Cómo una persona puede cambiarte el día, no? No todas. Simplemente, él sí.

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