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sábado, 31 de marzo de 2012

Cartas.

Bello durmiente:

No podía más, necesitaba escribirte de nuevo... Es la segunda ya, y creo que habrá muchas, muchas más.
Sé que mis cartas irán por ahí, puede que no vayas a leer ninguna, puede que las leas todas, no me importa, sólo me importa, tenerte una vez más, te añoro, te extraño tanto.

Recuerdo aquel día, ese día que viene a mi mente sin ser llamado, ese momento en el que sólo existíamos tú, yo y tu cama. Tú y yo y nuestros cuerpos, unidos, en ese instante, en el que cerré los ojos, inspiré el aire, y sólo me vino un pensamiento a la mente: "ojalá fuera eterno". No termino de creerme nada de eso que pasó, ni en las palabras.  Creo en ti, y en lo que un día me prometiste.

Siento la necesidad de hacerte sonreír, cueste lo que me cueste. No olvides aquellas cosas que hice, ni las que seguiré haciendo por ti, sólo por ti. Al menos, cuando las recuerdes, sonríe, de esa manera tan adorable como solías hacer cuando nos besábamos, nos tocábamos…

Los juegos acaban doliendo, y éste el que más, pero merecerá la pena, créeme.

No me olvides bello durmiente, nunca, recuérdame aunque te vayas.

Atentamente, ella.

Todos los días de mi vida.

Mi teoría es que esos momentos impactantes, esos destellos que ponen patas arriba nuestras vidas, son los que acaban definiendo quiénes somos. La cuestión es que cada uno de nosotros es la suma de todos los momentos que hemos experimentado con todas las personas que hemos conocido. Un momento de amor total, físico, mental y de cualquier otro tipo de amor. Pues esa es mi teoría, que esos momentos impactantes definen quiénes somos...

Lo que nunca me había planteado es si algún día no recuerdas ninguno de ellos.


domingo, 25 de marzo de 2012

Cartas.

Bello Durmiente:

Si me estás escuchando, si estás ahí, no te vayas, no me dejes sola. Te he encontrado,  y es lo mejor que pude haber hecho.  Siento que sin ti, me falta algo importante, algo que me completa, que me hace ser como realmente soy. 

No sé si esto debería mandarlo, pero es lo que siento, y no hay que dejar de escribir cosas bonitas, para que otros muchos lo puedan leer. Para que puedan sentirse identificados con mis palabras, porque no hay nada más bonito que compartir los sentimientos, saber que hay gente más allá sintiendo lo mismo,  eso ahí en la barriga cuando te veo a lo lejos, o cuando me hablas, o incluso simplemente cuando me miras.

Sé que sobreviviré, pensando en ti, lo haré. No me puede pasar nada malo a tu lado, porque tus besos me elevan hasta un sitio dónde nada ni nadie puede llegar. Lo mejor que hago es abrir los ojos mientras siento tus labios sobre los míos, verte de esa manera, entregándote a mí, no lo cambiaría por nada. No quiero compartirte, no soy egoísta, créeme, pero si te veo alejarte un poco, no sé que haría.

No tengo la certeza de que leas esta carta, pero si no la lees tú, la leerá otra persona, y otra y otra, e irá por ahí, sin saber quién la escribió ni para quién es. Eso es lo divertido. De eso trata el juego, porque al fin y al cabo, todo se queda en un simple juego.


No me olvides bello durmiente, nunca, recuérdame aunque te vayas.

Atentamente, ella.

martes, 13 de marzo de 2012

Ojalá fuera cierto.

-Te veo muy triste, Arthur, pero no deberías estarlo. Aprovechemos este momento que todavía nos pertenece.
-No lo consigo. No sé vivir el momento sin pensar en el que le seguirá. ¿Cómo lo consigues tú?
-Pienso sólo en los minutos presentes; son eternos.
Ella le pidió que imaginara que había ganado un concurso cuyo premio sería: todas las mañanas, un banco le abriría una cuenta con 86.400 dólares, pero con sus reglas.
-La primera regla es que todo lo que no te has gastado a lo largo del día, se te retira por la noche. No puedes hacer trampas. No puedes traspasar ese dinero a otra cuenta, tan sólo puedes gastarlo. A la mañana siguiente, el banco te abre otra cuenta con 86.400 dólares.
La segunda regla es que el banco puede interrumpir este juego en cualquier momento sin previo aviso. ¿Qué harías?
Él respondió espóntaneamente que se lo gastaría todo en lo que le apeteciera y en hacer multitud de regalos a las personas que quería. Emplearía hasta el último céntimo en llevar la felicidad a su vida y a la de los que lo rodeaban.
-Incluso a la de gente que no conozco, porque no creo que pudiera gastar en mí y en mis allegados tanto dinero. Pero ¿a dónde quieres ir a parar?
-Ese banco mágico lo poseemos todos- contestó ella-. Es el tiempo. El cuerno de la abundancia de los segundos que pasan.
Todas las mañanas se nos abonan 86.400 segundos de vida en nuestra cuenta para ese día, y cuando nos dormimos no hay suma y sigue; lo que no se ha vivido en el día se ha perdido, ayer acaba de pasar. Pero jugamos con esa regla inevitable: el banco puede cancelarnos la cuenta sin previo aviso; en cualquier momento, la vida puede acabar. 
¿Qué hacemos, pues, con nuestros 86.400 segundos diarios? 
¿No son más importantes unos segundos de vida que unos dólares?

sábado, 3 de marzo de 2012

Recordar, olvidar, inspirar, respirar.

Se siente estúpida. Sólo suelta tonterías por la boca, palabras que nunca antes se había permitido decir, pero hay algo en él, algo que la hace ser más ella, más persona. E incluso, a veces tiene que tragarse las palabras, porque salen de ella con prisa, con ganas de ser escuchadas. Pero no puede permitirse ese lujo, no puede ir escupiendo las palabras sin más, todo lo que se le pase por la mente. 
No, así no hace las cosas, ella no.