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martes, 13 de marzo de 2012

Ojalá fuera cierto.

-Te veo muy triste, Arthur, pero no deberías estarlo. Aprovechemos este momento que todavía nos pertenece.
-No lo consigo. No sé vivir el momento sin pensar en el que le seguirá. ¿Cómo lo consigues tú?
-Pienso sólo en los minutos presentes; son eternos.
Ella le pidió que imaginara que había ganado un concurso cuyo premio sería: todas las mañanas, un banco le abriría una cuenta con 86.400 dólares, pero con sus reglas.
-La primera regla es que todo lo que no te has gastado a lo largo del día, se te retira por la noche. No puedes hacer trampas. No puedes traspasar ese dinero a otra cuenta, tan sólo puedes gastarlo. A la mañana siguiente, el banco te abre otra cuenta con 86.400 dólares.
La segunda regla es que el banco puede interrumpir este juego en cualquier momento sin previo aviso. ¿Qué harías?
Él respondió espóntaneamente que se lo gastaría todo en lo que le apeteciera y en hacer multitud de regalos a las personas que quería. Emplearía hasta el último céntimo en llevar la felicidad a su vida y a la de los que lo rodeaban.
-Incluso a la de gente que no conozco, porque no creo que pudiera gastar en mí y en mis allegados tanto dinero. Pero ¿a dónde quieres ir a parar?
-Ese banco mágico lo poseemos todos- contestó ella-. Es el tiempo. El cuerno de la abundancia de los segundos que pasan.
Todas las mañanas se nos abonan 86.400 segundos de vida en nuestra cuenta para ese día, y cuando nos dormimos no hay suma y sigue; lo que no se ha vivido en el día se ha perdido, ayer acaba de pasar. Pero jugamos con esa regla inevitable: el banco puede cancelarnos la cuenta sin previo aviso; en cualquier momento, la vida puede acabar. 
¿Qué hacemos, pues, con nuestros 86.400 segundos diarios? 
¿No son más importantes unos segundos de vida que unos dólares?

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